martes 20 de diciembre de 2011

EL EGOÍSMO DE LOS EXQUISITOS

Pierre Drieu La Rochelle

EL EXQUISITO EGOÍSTA DE PIERRE DRIEU LA ROCHELLE

ADVERTENCIA: ESTE POST CONTIENE INFORMACIÓN SOBRE UN RELATO "DIARIO DE UN EXQUISITO", PERTENECIENTE A "HISTORIAS ACERBAS", DE PIERRE DRIEU LA ROCHELLE. LO DECIMOS CON ANTICIPO PARA QUE CUALQUIERA QUE QUIERA LEER EL RELATO ORIGINAL PUEDA HACERLO SIN SER MEDIATIZADO POR NUESTRA INTERPRETACIÓN

En las "Histoires deplaisantes", de Pierre Drieu la Rochelle nos encontramos con un relato titulado "Diario de un exquisito".

Siempre pensé que Drieu La Rochelle pudo auto-retratarse en el protagonista, en esa voz que narra el relato. Sin embargo, la participación heroica de Drieu La Rochelle en la primera guerra mundial (nada más y nada menos que en Verdún) y el fatídico desenlace de su vida siempre me han llevado a pensar que, por mucho que de Drieu pueda tener su personaje, el personaje es de un egoísmo tan rematado que adquiere proporciones de arquetipo, tornándose en un paradigma del hombre contemporáneo... Esto es: difícilmente podría ser Drieu o cualquiera que tenga un poco de corazón.

El protagonista es por un lado, una figura egoísta, pero agónica en su egoísmo que lo vive con autosatisfacción y sin remordimientos. Su agonismo viene más bien de vivir en la tierra de nadie, esa que está entre la lacayuna sumisión laboral al patrón y la rebeldía que se la reserva para su fuero interno. Entre la tentación de renunciar a los placeres mundanos y la imposibilidad de escapar al hechizo de los mismos. Entre un sibaritismo sensual y estético y cierta austeridad que se conforma con sus haberes. Pero el egoísmo prevalece, duro como una roca, impasible a los sucesos e implacable con los que tiene a su lado.

En el curso de la lectura salta a la vista que el personaje de "Diario de un exquisito" es de un egoísmo monstruoso. Más que exquisito, el protagonista es un egoísta instalado en el cinismo. Si por un lado pareciera tener añoranzas de espiritualidad, se muestra incapaz de renunciar a los placeres, estéticos (el Partenón) y sexuales (su amante Jeanne). Si acepta los placeres sexuales, es incapaz de comprometerse con Jeanne. Ha explotado a su madre viuda, para labrarse una carrera como crítico de arte (dejándola luego en el pueblo, para no tener que cargar con ella, a la que conceptúa como una persona "mezquina" e indigna de estar a su lado), trabaja en una revista para un patrón cuya fuerte personalidad de hombre de negocios siente el personaje como intimidatoria. No obstante, el protagonista muestra una capacidad asombrosa para analizarse a sí mismo sin contemplaciones; he aquí el cinismo al que nos referimos. Y gracias a esas aptitudes su diario se convierte en algo capaz de interesarnos. Pero no por la historia particular que nos cuenta, sino por las observaciones que de otros personajes hace y que de sí mismo hace este individuo.

El personaje de "Diario de un exquisito" tiene un amigo homosexual que, por si fuese poco, es un católico padre de familia. El protagonista es heterosexual, tiene una pareja con la que convive (Jeanne), pero esa relación no ha sido formalizada ni ante Dios ni ante el Estado. Están amancebados, ya está: algo muy actual que se llama "pareja de hecho". Pero en su egoísmo, el protagonista es incapaz de reconocer en Jeanne a una persona, la admira en sus hechuras, en sus pechos, en su belleza femenina, pero eso también lo hace con las obras de arte con las que trata en su trabajo para la revista artística. Cuando considera su relación estéril con Jeanne y la compara con las relaciones que tiene su amigo Frederic, es capaz de confesar:

"Me horroriza pensar que me parezca tanto a mi amigo Frederic que es pederasta. Las mujeres son para mí un objeto de placer estéril (...) Soy, incluso, peor que él puesto que, después de todo, él tiene hijos".

Sin embargo, la espiritualidad por la que se siente atraído (creemos que Oswald Spengler la llamaría "segunda espiritualidad") le sirve para autojustificarse, para pensarse superior a los demás, por el mero hecho de tener interés intelectual por las religiones (e hinduísmo es para él la más pura, pues el personaje -como buena parte de los europeos cultos de los años 30 sigue la moda del arianismo). Muy en la línea de Guénon y Evola, las religiones son para él manifestaciones de una religión primordial. Las notas relativas a la religión salpican los diarios del esteta, cuya línea principal es el relato que desemboca en la ruptura con Jeanne y también con su patrón. El protagonista va de cabeza a la soledad, íntimamente querida: su orgullo le impide soportar la subordinación a su jefe, su relación con Jeanne -un objeto para él, no una mujer- va deteriorándose progresivamente. La relación erótica (Jeanne) condiciona hasta cierto punto la relación laboral (el jefe). Por eso mismo, cuando rompa con Jeanne no se hará tardar la ruptura con el jefe.

¿Cómo es que llega a romper con Jeanne? Jeanne es una mujer normal. Ha podido llevar una vida frívola antes de conocer al "exquisito", pero cuando traba relación con él su propósito es el de anudar una relación. Pero para que haya relación hacen falta dos y el exquisito no está por la labor de comprometerse. Jeanne le revela que está embarazada. La noticia es como un torpedo en la línea de flotación de aquella frágil embarcación. Desde ese momento comienza la cuenta atrás y el barquito de esa relación superficial se va a pique, pues está basada en el sexo y -en el caso del "exquisito"- también en el goce estético. En su egoísmo, el personaje no impide que Jeanne se someta a un aborto. Incluso busca un médico para que lo practique y hasta un médico anarquista rechaza la oferta. Acompañando a Jeanne, el exquisito es capaz de advertir que la relación ha fracasado. Ni los gozos ni los goces, ni el placer ni las risas, ni la diversión ni la compañía pueden confundirse con el verdadero amor. El amor tiene todo eso -y también lo contrario: decimos nosotros- pero exige más y el egoísta está impedido para ello. En un ejercicio de cinismo el exquisito es capaz de saber y confesar que para una relación entre hombre y mujer:

"El sacramento es irreemplazable. La gracia del verdadero amor conmueve a dos seres y equivale al sacramento y llama al sacramento."
La víctima de esa pusilanimidad patentizada en el exquisito será su propio hijo. Ese feto, fruto indeseado de la satisfacción de la pulsión sexual, que sacrificará su madre. La víctima también será Jeanne que, en el aborto, perderá el hijo -que al principio quería- y perderá también el ovario que le quedaba, quedando yerma. La víctima será un tercer hombre al que conocerá Jeanne y que, -ahora sí, por amor- se casará con Jeanne, pero no podrá tener un hijo. El exquisito pasará impasible sobre sus víctimas.

El exquisito, ya vemos, es un egoísta redomado pero sin embargo es capaz de anotar felices intuiciones. En un momento ha llegado a escribir en su diario:

"¿Por qué Dios ha hecho el mundo? Tal vez la obra de arte, la belleza, justifique la locura de lo finito. (¿Y también la obra de caridad, de amor? Pero eso se me escapa a lo infinito)..."

Aquí está la clave de todos los males que ha producido el exquisito en su irresponsable relación con Jeanne: su concepción de lo divino. Para el exquisito no hay un Dios encarnado, personal, Jesucristo al que se le puede rezar. El exquisito no es cristiano. Es un gnóstico. Para él, Dios -dice que Dios no existe, lo que existe es lo "divino"- se confunde con su Ego. El exquisito no es cristiano, nos lo dice:

"Pero el catolicismo es el pecado original, la gracia, el amor de Dios y del prójimo. Todo ello tiene poca vida en mí, o casi transpuesto".

El amor del que nos habla el exquisito es una fría referencia a objetos: inorgánicos (el Partenon, la obra de arte), orgánicos (el cuerpo de Jeanne, objetualizado, desprovisto de alma): el exquisito no ama, es un nihilista. Usa la palabra "amor", pero el amor es otra cosa. El exquisito de Drieu La Rochelle se quedó sin saber lo que era el amor. Tampoco supo lo que es la religión, pues abrazó las corrientes de la falsa Tradición fascistoide de Guénon y Evola, orientalizantes y sincretistas, descafeinadas y para uso de mitómanos.

La diferencia entre este exquisito de Drieu y nuestros exquisitos contemporáneos es que el de Drieu tenía más cultura. Los resultados, a la vista están, son los mismos.