miércoles 21 de diciembre de 2011

LEYENDAS EDIFICANTES DE LA BRETAÑA DE LOS SANTOS

Escultura de San Hervé

DE LA CONCEPCIÓN DE SAN HERVÉ, SANTO PATRÓN DE LOS BARDOS

Herveo (Saint Hervé/San Herveo) es nombre extendido en Bretaña. Es el patrono de los bardos, pues fue bardo. Su culto permanece, con su hermosa hagiografía. A los niños se le impone con mucha frecuencia el nombre de Herveo, por ser especial patrono de la elocuencia. Hasta el año 1610 los juramentos solemnes se hacían sobre las reliquias de San Hervé. Se le pinta con perro o lazarillo, por su ceguera y oficio itinerante hasta que sentó plaza en un monasterio.

Cuentan las ancianas de Bretaña que reinaba Childeberto cuando llegó a la corte de París un bardo bretón llamado Hyvarnion que huyó de su país por la invasión de los sajones. Vivió en la corte de Childeberto unos años, hasta que tuvo un sueño en el cual vio a una hermosa doncella cogiendo flores en un verde prado. En aquel sueño, la doncella le ofrecía una yerba, mientras le decía dulcemente: "Esta es para mi Rey". Por tres veces soñó el bardo Hyvarnion a aquella beldad y se desazonó, pues a cada sueño, más hermosa la contemplaba. A la cuarta mañana abrió los ojos y dijo: "Tengo que buscar a esa mujer. Debo encontrarla y escuchar de sus labios llamarme su rey".

Se despidió de palacio y, con su arpa a las espaldas, partió el bardo echándose a la aventura. Se adentró en un espeso bosque y, después de andar bajo la sombra de aquella arboleda, vino a salir a un plácido prado. Escuchábase el trino de los pájaros y el rumor de un manantial. Buscó los risueños chorros del agua y fue entonces cuando el bardo, al descubrir el hontanar, abrió los ojos y la boca a un tiempo, pues además de la fuente sus ojos vieron a una doncella bellísima, la de su sueño.

Hyvarnion, siendo bardo, ¿para qué iba a hablar a la bella? Eso lo hacen los mostrencos, prosaicos y aburridos hombres contemporáneos. Pero Hyvarnion tenía la suerte de no ser del siglo XXI y, tañendo el arpa le cantó, confesándole que la había visto en sus sueños (recogiendo flores) y que, prendado de su hermosura, había abandonado la apacible vida cortesana, para buscarla con ahínco.

La doncella tampoco quiso contestarle en prosa, sino que a su vez entonó una improvisada canción en la que dijo llamarse Rivanon. En aquella canción corrigió a Hyvarnion, declarándole que ella, a diferencia de la de su sueño, no estaba recogiendo flores, sino hierbas y raíces, el muérdago con la hoz, para curar. Las mujeres, como sabe el lector, siempre tienen que llevarnos la contraria. Pero a Hyvarnion no parece que le importara mucho los detalles del sueño y le preguntó: "¿Y qué hierbas recoges, linda moza?". Y Rivanon, mostrándole una ramita verde, le respondió: "Mira, esto es la verbena, que trae la felicidad y abre el corazón, pero yo busco otras dos: la hierba que abre los ojos de los ciegos y la más difícil de hallar, la que espanta a la muerte, la raíz de la vida". Y dicho esto, de los ojos marrones de Rivanon cayeron dos lágrimas. El varón, dispuesto siempre, le dijo: "No llores, pues has encontrado la verbena que da la felicidad. Y conmigo la podéis compartir". Entonces, la doncella, agradecida por la benevolencia del bardo, lo miró a los ojos y, tendiéndole una rama de verbena, le dijo: "Esto es para mi rey".

Decir aquello la zagala y echarse el bardo sobre ella fue todo uno, que a Hyvarnion le hervía la sangre ante aquella en quien se encarnaba su sueño. Y no daremos más detalles de aquel amoroso abrazo sobre la hierba, digamos tan sólo que cesó el arpa de Hyvarnion, yaciendo allí olvidada de su instrumentista. Y todos pueden figurarse que se ayuntaron Hyvarnion y Rivanon, yaciendo por vez primera juntos tras los sofocos del amor. Aquel furtivo encuentro fue suficiente como para querer casarse y a la corte de Childeberto se fueron, para desposarse. Y aquel matrimonio, a Dios gracias, duró (no como los de hoy) hasta que la muerte los separó.

Y de aquella feliz coyunda en el prado de la verbena, con la fuente y los pajarillos, nació poco después un hijo, varón, al que llamaron Hervé, pero sin bautizarlo -pues sus padres eran paganos a quienes no hubo misionero que les predicara el Evangelio. Hervé nació ciego. Sería allá por el siglo VI. Heredó Hervé el arpa de su padre Hyvarnion y vivía como ciego cantando de aldea en aldea. Se bautizó y tomó religión, tonsurándose la coronilla, pero sin dejar de tañer el arpa, componiendo canciones que loaban a Jesucristo y a los mártires. Formó escuela de bardos y los echó con su bendición por Bretaña; alguno hubo que llegó hasta Cádiz. Cuando le llamó Dios a una vida más retirada, se hizo ermitaño y, al amparo de algún dolmen, siguió cantando en la tierra hasta que lo llevó Dios a cantar a los coros celestiales.

...Pero eso es otra historia.

Digamos, por ende, que Rivanon sabía muy bien lo que se decía cuando le lloró a su enamorado Hyvarnion, aquella tarde en el prado donde se conocieron. Las mujeres son más sabias que los hombres. Hyvarnion y Rivanon pudieron gozar de la verbena que es la que da la felicidad propia del amor terreno; pero ni siquiera quien nos ama puede curarnos de la ceguera, tampoco darnos la vida eterna, si no es el mismo Dios. Esas eran las otras dos raíces que Rivanon buscaba aquel día y no las encontró Rivanon nunca, que murió sin descubrirlas. Eran la raíz que cura la ceguera y la raíz que da la vida eterna, y esas estaban reservadas a su hijo Hervé. Pero no es para contar la felicidad que, como madre, sentiría aquella buena curandera cantora cuando vio, desde la ultratumba, que su hijo sí las descubrió y las probó.

Hyvarnion y Rivanon tienen que estar en el cielo, pues un hijo santo que canta como cantaba San Hervé ha de tener mucha mano con el Señor.

Amén.

Nada inventé. Todo lo escrito lo saben en Bretaña mejor que en España.