miércoles 30 de noviembre de 2011

SOBRE LA VERDAD

Presentamos un artículo de un colaborador y amigo nuestro.
Nos ha parecido muy didáctico este artículo que gira alrededor de uno de esos temas que nunca son actuales, por ser de perenne vigencia.
Esperamos que se anime y escriba más con nosotros.

Barandán.



QUIS VERITAS?

Esta fue la pregunta que Poncio Pilato le hizo a Jesús, el cual guardó silencio ante la misma. Sin tratar de enmendarle la plana a Jesús, voy a aventurarme a decir que la verdad es el alma de la vida. Tan cierto como que dos y dos son cuatro.

¿Por qué preguntó Poncio Pilato a Jesús por la verdad? Pues porque allá por el año 33 de nuestra era había en Roma tal cantidad de escuelas filosóficas y creencias religiosas, esotéricas y exotéricas, que ya no había manera de saber cuál era la que llevaba razón.

Veamos esto con un simple ejemplo. Supongamos que volvemos a tener 16 años y que una noche llegamos tarde, lo suficiente como para que nuestros padres se hayan acostado sin esperarnos. Cuando a la mañana siguiente nos despertemos, es posible que nos pregunten a qué hora llegamos anoche. Tenemos varias opciones: a) "Anoche llegué a las cuatro y media"; b) "No eran las dos cuando llegué"; c) "No sé, se me olvidó el reloj".

Si nuestros padres son severos, responder a) es, en la práctica, una locura. ¿A quién se le ocurre decir la verdad así, de primeras? O uno es muy valiente o muy loco. La respuesta c) nos puede servir una primera vez, pero la segunda no cuela. Es la respuesta b) la que nos interesa, si es que queremos medio salir con bien de un lío.

Porque con la respuesta a) establecemos una relación de correspondencia efectiva con la realidad, de modo y manera que eran las cuatro y media, ni un segundo antes, ni un segundo después. Pero con la respuesta b) decimos que pudimos llegar a cualquier hora menos a las dos. Y la noche es muy larga.

Reconozco que como hijo prefiero la respuesta b), pero, como padre, prefiero la a), por razones evidentes.

La respuesta a) denota una concepción de la verdad como adecuación, como corrección, como orthótes, que decían los antiguos griegos. La respuesta b), en cambio, denota una concepción de la verdad como descubrimiento, como algo incompleto que es necesario completar a base de realizar más preguntas, pues no creo yo que un padre o una madre se conformen con esa respuesta. En griego, esta concepción de la verdad se llama alétheia.

Estos conceptos de verdad son muy útiles, pero no son intercambiables, pues dependen de un contexto. En Matemáticas y en Física, como modelo de ciencias “exactas”, la verdad se establece casi siempre como corrección o adecuación, como orthótes. Esta verdad es identitaria, se expresa mediante el signo “=”, de modo que ante una expresión, pongamos por ejemplo, ax2+bx+c=0, estamos estableciendo una igualdad estricta entre ax2+bx+c y 0, de modo que decir 0 , o sea, nada, y ax2+bx+c es lo mismo, lo cual me lleva a preguntarme a qué se dedican los matemáticos. Igualmente, si un físico me dice que E=mc2, me está estableciendo una identidad entre los significados de E, m y c2, en este caso Energía, Masa y el cuadrado de la Velocidad de la luz, y podríamos, según las reglas de las matemáticas y de la lógica, reducir esta expresión a pura idealidad, pues si, según las leyes de la identidad, lo que es positivo se negativiza al cambiar de sitio la expresión, es seguro que E-(mc2)=0, con lo que decir que cualquier cosa es nada es quedarse corto. En estos casos, la identidad está relacionada con el ser, pues a nadie se le ocurre decir que “dos y dos son igual a cuatro”, sino que “dos y dos son cuatro”. (Sé que este razonamiento tiene trampa, y muy gorda, pero no voy a desvelarla aquí, pues sólo me interesa poner un ejemplo de verdad como corrección o adecuación).

Sin embargo, si vamos al médico, la verdad que se utiliza es la del tipo alétheia, que significa descubrimiento. Ningún médico se atreverá a decirte que tienes una hernia sin haberte reconocido y haberte hecho un determinado tipo de pruebas. A veces, las pruebas son numerosas, y otras escasas. Depende de la enfermedad o del trastorno. De cualquier manera, este tipo de verdad no es identitaria, sino aproximada. De hecho, los médicos, en caso de duda, ven razonable pedir una segunda opinión, pues se supone que cuatro ojos ven más que dos.

Por tanto, alétheia y orthótes representan la diferencia que existe entre la ciencia formal, o “exacta”, y la ciencia natural, o “aproximada”.

Y ahora viene la cuestión: en la vida cotidiana se usan las dos nociones, indistintamente, pero, ¿cuál es preferible?

Los filósofos antiguos y las religiones serias defienden la verdad como adecuación, como orthótes. Indiscutiblemente, es la verdad completa, desnuda, la de los valientes, pero también la más hiriente, pues si hay que decirle a alguien que es un imbécil, y hay buenas razones para decírselo, esto le dolerá. Imagínense al chico que da al padre la respuesta a). Eso sí, el padre podrá decir lo que quiera, pero el hijo, por lo menos, será honrado y leal, y será capaz de asumir las consecuencias de su tardanza, aunque tenga miedo de las mismas.

Esta variante de la verdad, sin embargo, no es la más defendida en la actualidad. En el siglo XIX, los filósofos empezaron a preocuparse por la historia y por el tiempo, dado que el espacio disponible estaba ya ocupado por completo o casi. Así que comprendieron que el hombre no podía disociarse del tiempo, y el tiempo nos hacía cambiar, por lo que no valía la noción de verdad como adecuación, pues es bien supuesto que el pensamiento de una persona es como los pantalones: cambian de talla porque crecen. Por eso se adoptó la verdad como descubrimiento, lo cual no deja de ser gracioso, pues, una vez descubierto el mundo, el hombre seguía siendo el gran desconocido. Por tanto, alétheia, la respuesta b).

Y así estamos, ante la verdad a medias que no es mentira, pero tampoco te deja satisfecho. Por eso pienso a menudo en la pregunta de Pilatos y en la ausencia de respuesta de Jesús, un silencio significativo, al menos para mí. Reconozco que en estas cuestiones siempre he preferido la adecuación al descubrimiento, mas me quedan dudas razonables por el abuso de la alétheia en detrimento de la orthótes, pues está claro que la verdad desnuda puede herir, pero no es menos claro que la media verdad puede envilecer. Y, puestos a elegir, la primera es la más reconfortante, por aquello que decíamos al principio del alma de la vida.

Autor: Luisov.

martes 29 de noviembre de 2011

EL HIPERBÓLICO RUMANO

Cioran en su domicilio parisino

HUMORISTA E INTOLERANTE, EL RUMANO CIORAN

Si preguntamos a cualquiera por un rumano famoso, lo primero que nos podrían responder, con mucha probabilidad, pudiera ser Drácula. Ese mérito literario le cabe a Bram Stoker. Otros, puede que recuerden a Nicolae Ceaucescu que, de 1965 a 1989, vampirizó Rumanía con los colmillos draculescos del marxismo: Ceaucescu, buen amigo de Santiago Carrillo, por cierto.

Habría que tener un poco más de cultura para que nos vinieran a la memoria esos rumanos del siglo XX que han dado a la cultura europea una contribución que apenas se agradece, por estar todavía olvidados y desconocidos. Durante el siglo XX, Rumanía, esa nación situada en los arrabales de Europa, dio de sí una pléyade de mentes privilegiadas: el estudioso de las religiones Mircea Eliade, el novelista Vintila Horia, el dramaturgo Eugène Ionesco, el escultor Constantin Brancusi... Y ese bicho raro llamado Emile Mihai Cioran.

A España llegó Cioran de la mano de Fernando Savater. La primera vez que me lo encontré -a Cioran- fue transmutado literariamente en un Aquiles Popescu, personaje de "Caronte aguarda", una novela de Savater. Después, por su nombre ya, encontré a Cioran en traducciones del mismo Fernando Savater que pudiéramos decir que durante un tiempo fue apóstol suyo en España. Cuenta Fernando Savater que cuando quiso hacer una tesis doctoral sobre Cioran, para defenderla ante un tribunal universitario español, miembros del departamento de Filosofía preguntaron muy seriamente si Emile Cioran existía o era una broma de Fernando Savater. Savater escribió al rumano, contándole la anécdota y Cioran se limitó a responderle: "Si le dicen que no existo... No se lo vaya a desmentir, amigo mío". Anécdota que retrata el genio y figura de alguien que pudo escribir un libro titulado "Del inconveniente de haber nacido".

Cioran salió muy joven de Rumanía y se quedó en Francia, viviendo austeramente en una buhardilla parisién, como un eremita urbano del nihilismo. En los meses previos a la segunda guerra mundial había recorrido Francia en bicicleta (personalmente, pienso que no habría que descartar que Cioran realizara esa vuelta en bici como espía para los servicios secretos de su país). Aquel Tour en solitario -contaba en una entrevista- le ofreció una excelente ocasión para tomarle el pulso al pueblo francés, encontrándose en los albergues juveniles tanto con franceses comunistas como católicos. Así sondeaba el estado anímico de la población francesa en vísperas de la invasión alemana.

Yo no recomendaría leer a Cioran a un espíritu crédulo e impresionable. Cioran es un humorista, pero no apto para todos los humores. Se deja leer cuando se goza de una excelente salud mental, se tienen las ideas claras y, por innata o adquirida inclinación a la hipérbole, se goza con las exageraciones. Los espíritus esponjosos, miméticos, mejor que lean uno de esos manuales de autoayuda: los charlatanes pueden comunicarles, aunque sea esporádicamente, lo que nunca tendrán jamás, la seguridad en sí mismos. A los débiles mentales la lectura de Cioran podría inducirles a pegarse un tiro o tirarse por la ventana.

Hay gente nacida con una inclinación a la desmesura: Cioran fue de esos. Nacido en 1911, bajo el signo de Aries, en Rasinari (averígüelo Vargas) Cioran es un espíritu inflamable, superdotado para el exabrupto, irascible, con tendencia a la violencia (pudo encauzarla por la vía intelectual y escrita), muy capaz de bramar y pedir que caiga fuego sobre Babilonia... Y al momento, sucumbir en la ternura, sentir incluso conatos extáticos al conjuro de la música de Bach.

En vísperas de la 2ª Guerra Mundial, Cioran y su Tour de France

En su estilo aforístico, Cioran es difícilmente superable. Lo que publicó fueron colecciones de aforismos o breves ensayos donde brilla la elegancia literaria al servicio de una sola idea: destruir las ilusiones, romper la fascinación que las ilusiones ejercen sobre nosotros. Por eso se le podría llamar nihilista, su aspiración, expresada insistentemente, es la nada; pero, contradictoriamente, este autor no aconseja el suicidio, tal y como hacía el filósofo cirenaico Hegesías, "Peisithanatos" (el que persuade a la muerte).

Cioran tampoco es lectura para católicos modernos, ese tipo de católico que hace lo indecible por conciliarse con el espíritu del mundo no podrá aceptar a Cioran. La iconoclasia cioranesca es más feroz contra el mundo moderno que contra la edad en que se levantaban las hogueras inquisitoriales. Otra de las contradicciones de Cioran: cuando uno lo lee es como si leyera a un heresiarca con nostalgias de la Inquisición. El primitivismo de Cioran es -si es algo- de corte gnóstico, pero no pudo disimular la simpatía que le inspiraban Santa Teresa de Jesús o los stárets ortodoxos. Cioran no es, en modo alguno, un cristiano; todo lo contrario, es un declarado enemigo del cristianismo, como lo fue de toda religión e ideología. No obstante, en algunos aspectos, la clarividencia de Cioran ya la quisiéramos para algunos teólogos católicos. Veámoslo con una anécdota personal que nos transcribe en "Aveux et anathèmes" (traducido al español como "Ese maldito yo"):

"Un eminente eclesiástico se burlaba del pecado original. "Ese pecado es su medio de sustento", le dije, "sin él moriría usted de hambre, pues su ministerio no tendría ningún sentido. Si el hombre no está destituido desde su origen, ¿por qué vino el Cristo? ¿Para redimir a quién y qué?" A mis objeciones, no tuvo más respuesta que una sonrisa condescendiente.

Una religión está acabada cuando sólo sus adversarios intentan preservar su integridad".
Sería inútil haberle pedido a Cioran que en vida creyera que la Iglesia es santa -pese a "eminentes eclesiásticos" capaces de burlarse del pecado original; en vano demandarle a Cioran -¿un ateo? ¿un agnóstico? ¿un gnóstico? ¿todo a la vez?- que haga profesión de fe en que la Iglesia continuará hasta el fin de los tiempos: a pesar de esos patéticos y ridículos personajes que, ora por malignidad ora por tontería intolerable, son tan dañinos; y más perjudiciales cuanto de más "eminentes" puestos gozan en la jerarquía eclesiástica.

Sin embargo, pese a la distancia que nos separa de Cioran, leyéndole pasajes como ése, ¿cómo no simpatizar con él?

Sin género de duda (y creo que este post es buena muestra de ello), puedo decir que le tengo más simpatía que la que podré tenerle nunca a cualquier "eminente eclesiástico" que se mofa del pecado original.

lunes 28 de noviembre de 2011

AMOR ES SACRAMENTO


DIVULGACIÓN PSEUDOCIENTÍFICA CONTRA EL MISTERIO DEL AMOR


Si uno hace por buscar podrá encontrar no pocos artículos "científicos" de divulgación en los que biólogos, psicólogos, neurocientíficos presentarán sus investigaciones para mostrarnos que el amor no es más que vísceras y procesos psico-químicos o electro-psíquicos (cuestión de preferencias).

En la Universidad de Rutgers (Nueva Jersey) un equipo, con la doctora Helen Fischer, estudió las reacciones cerebrales de un grupo de hombres y mujeres que se habían enamorado recientemente. El estudio parece que verificó que determinadas partes del cerebro se veían afectadas, haciéndose notar que en esos procesos estaba presente la dopamina, sustancia eufórica. Los cerebros femeninos mostraron más capacidad emocional, mientras los masculinos mostraban excitabilidad sexual. Este estudio, como muchos otros de su condición, arrojan una conclusión: sea la dopamina -o cualquier otra sustancia química- el amor no sería otra cosa que la invisible acción de sustancias secretadas que producen placer, excitación, euforia...

A la luz de estas investigaciones el amor -se apresuran a afirmar- sería, a fin de cuentas, algo de naturaleza viscosa que se reduce a procesos materiales. Sin necesidad de inspeccionar el rigor científico de las investigaciones científicas, los artículos divulgativos cumplen la función de desmitificar el amor. Se lo rebaja así, para satisfacer al escéptico y, por extensión, al incauto se le induce a pensar que el amor no es otra cosa que una vulgar actividad cerebral, tan ínfima como pueden ser los movimientos peristálticos del intestino cuando éste expele los excrementos. En definitiva: el amor sería una mierda. Y saquemos todas las conclusiones sin regatear: una ciencia que equipara el amor con la mierda, no podría ser más que una ciencia de mierda.

Los biólogos, los psicólogos, los neurocientíficos pueden hacer los experimentos que quieran -y, claro está: los que les financien sus patronos que no siempre son sus mecenas tan desinteresados como supone el vulgo. El caso es que, por mucho que observen y midan las reacciones del cerebro femenino o masculino, harían mejor en tener un poco más de humildad y reconocer que el amor, tal y como el sexo, son misterios relacionados con la vida, su perpetuación y su procreación. Podrán identificar los focos de dopamina que en la época de enamoramiento puedan localizar y cuantificar sus artilugios, pero el Amor... Lo que es el Amor, siempre será un misterio, un sacramento divino que -cuando se vive en verdad y bien- deifica, algo a lo que no podrán acceder con todas sus estrategias de profanación y violación.

Por supuesto que nadie está autorizado para refutar unos datos objetivos. Yo no discuto que la dopamina exista y actúe en el proceso como tal, pero deducir de esos datos adquiridos por experimentación que haya que reducir el amor a simples procesos naturales me parece intelectualmente insuficiente. En estas controversias es frecuente que los que rechazan la perspectiva materialista, a la postre, vengan a preconizar una perspectiva espiritualista. Espiritualismo y materialismo son dos perspectivas insuficientes, herencia del dualismo antropológico. Hay que decir que, en honor a la verdad, el materialista tiene a su favor los datos, pero olvida con mucha frecuencia que lo que de ellos extrae no deja de ser una interpretación. En la interpretación residiría la fuerza del espiritualista, pero éste está demasiado ocupado con las palabras vacías.

¿Tanto cuesta reconocer que el amor es un misterio? Un misterio impenetrable, como lo es el sexo en su más excelso sentido, como lo es la muerte, como lo es la belleza... Como lo es la misma vida. Un misterio y, como tal, inviolable. Los que estudian el misterio no podrán desvelarlo nunca. Los que lo viven sabrán siempre más. Y si Dios quiere, acompañando el talento, hasta podrán decirnos mucho más de los misterios a través del arte.

Estos días, cuando me ocupo de Rilke, encuentro un maravilloso pasaje que el gran poeta escribió a un joven corresponsal epistolar, Franz Xaver Kappus. Escribe Rilke desde Worpswede (Bremen), en 1903:

"...los que viven el misterio de manera falsa y mala (y son muchos), lo pierden sólo para sí mismos, pero lo vuelven a entregar para que continúe, como una carta cerrada, sin saber".
Esto también vale para los que, sin vivirlo, pretenden estudiar el misterio de manera falsa y mala. Por mucho que se empecinen en desmitificar, no podrán impedir que el misterio sea entregado en tradición a los que están por venir. Por mucho que se empeñen nunca podrán refutar a Dante -el corazón enamorado de este o de cualquier otro gran poeta- cuando dijo aquello que le fue mostrado:

"l'amor che move il sole e l'altre stelle."

domingo 27 de noviembre de 2011

ESPAÑA Y LOS ESPAÑOLES




SEGÚN BALTASAR GRACIÁN


"-Pues, dime, ¿qué concepto has hecho de España?

-No malo.

-¿Luego bueno?

-Tampoco.

-Según eso, ni bueno ni malo

-No digo eso.

-¿Pues qué?

-Agridulce.

-¿No te parece muy seca, y que de ahí les viene a los españoles aquella su sequedad de condición y melancólica gravedad?

-Sí, pero también es sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy substanciales. De tres cosas, dicen, se han de guardar mucho de ella, y más los extranjeros.

-¿De tres solas? ¿Y qué son?

-De sus vinos, que dementan; de sus soles, que abrasan; y de sus femeniles lunas, que enloquecen.

-¿No te parece que es muy montuosa y aun por eso poco fértil?

-Así es, pero muy sana y templada; que si fuera llana, los veranos fuera inhabitable.

-Esta muy despoblada.

-También vale uno de ella por ciento de otras naciones.

-Es poco amena.

-No la faltan vegas muy deliciosas.

-Está aislada entre ambos mares.

-También está defendida y coronada de capaces puertos y muy regalada de pescados.

-Parece que está muy apartada del comercio de las demás provincias y al cabo del mundo.

-Aun había de estarlo más, pues todos la buscan y la chupan lo mejor que tiene; sus generosos vinos Inglaterra, sus finas lanas Holanda, su vidrio Venecia, su azafrán Alemania, y sus patacones* todo el mundo.

-Dime, y de sus naturales ¿qué juicio has hecho?

-Ahí hay más que decir, que tienen tales virtudes como si no tuviesen vicios, y tienen tales vicios como si no tuviesen tan relevantes virtudes.

-No me puedes negar que son los españoles muy bizarros.

-Sí, pero de ahí les nace el ser altivos. Son muy juiciosos, no tan ingeniosos; son valientes, pero tardos; son leones, mas con cuartana; muy generosos, y aun perdidos; parcos en el comer y sobrios en el beber, pero superfluos en el vestir; abrazan todos los extranjeros, pero no estiman los propios; no son muy crecidos de cuerpo, pero de grande ánimo; son poco apasionados por su patria, y trasplantados son mejores; son muy allegados a la razón, pero arrimados a su dictamen; no son muy devotos, pero tenaces de su religión. Y absolutamente es la primer nación de Europa: odiada, porque envidiada."

*patacones: monedas.

Baltasar Gracián, "El Criticón". II Parte. Juiciosa cortesana filosofía en el otoño de la varonil edad. Crisi Tercera: La cárcel de oro y calabozos de plata.

sábado 26 de noviembre de 2011

SUBLITERATURA DE CLOACAS ANTICLERICALES

La víbora revolucionaria: Denis Diderot

DENIS DIDEROT Y SUS CULEBRONES PANFLETARIOS

En 1758 Denis Diderot escribe una novela titulada "La Religiosa". La ficticia protagonista de este melodrama es una tal Marie Suzanne Simonin. La madre de Marie Suzanne la mete en un convento a la fuerza. Los maltratos, vejaciones y humillaciones que describe la novela tienen como propósito desacreditar la vida conventual, pintando a las monjas como monstruos de maldad. En la novela, Marie se ve obligada a pronunciar sus votos bajo coacción. La novela de Diderot tiene, es cierto, un correlato en la realidad: una familia que no quisiera aceptar a un miembro (imaginemos que por ser hijo natural) podía desembarazarse de él así, pero no era lo normal que la orden o congregación aceptara neófitos obligados. Si bien pudo haber casos así, ¿era lo normal que se metiera a las jóvenes en un convento a la fuerza? ¿Era eso lo corriente en la época?

La realidad era bien distinta. Aunque en Francia podían verse en la clausura a novicias y postulantes de 15 a 16 años, los confesores y directores espirituales ponían muchísimos reparos, orientando con rigor la conciencia de sus dirigidos más jóvenes, para esclarecer si era verdadera la vocación que decían sentir. En 1768, con un edicto real, incluso se estableció la edad permitida para profesar: 21 años los varones y 18 las mujeres.

Por otro lado, no era lo común que las familias se mostraran condescendientes con la voluntad de sus miembros más jóvenes, cuando estos expresaban su intención de abandonar el mundo por el claustro. Un dato es que aproximadamente la mitad de las religiosas que, en Francia, entraron en la Visitación durante el siglo XVIII tuvieron que vencer la resistencia de sus padres. Son también muchísimos los casos en que, después de haberse incorporado a una clausura, religiosas y religiosos pudiéramos decir que se secularizan y vuelven a sus casas. Y esto no son novelas, esto puede comprobarse estudiando los casos consignados en los archivos y realizando incluso estadísticas.



La propaganda revolucionaria anticlerical -como el caso de la novela de Diderot- alentó siempre la animadversión contra los conventos. Se daba por sentado -incluso sigue suponiéndose- que las órdenes religiosas y las congregaciones tenían un afán proselitista desmesurado, manifiestamente contrario a la libertad de los individuos; pero lo que la historia demuestra en el caso francés es que, por lo general, las familias pusieron obstáculos al ingreso de sus hijos al claustro y que una delicadísima conciencia, por parte de los directores espirituales -que tocaba en escrúpulos- solía dilatar, en largas deliberaciones, la hora de permitir el ingreso de una joven en un convento o de un joven en religión.


Juan Eusebio Nieremberg, S. J.

El estado de la cuestión, en la católica España, no difería mucho de lo que llevamos dicho de Francia. Pensemos, por ejemplo, en el caso de Juan Eusebio Nieremberg y Otin (1595-1658) que sería uno de los varones más esclarecidos de la Compañía de Jesús. Su padre era del Tirol y su madre era bávara, vinieron en el séquito de María de Austria, la hija del Emperador. Cuando Dios llamó a Eusebio Nieremberg, su padre puso todos los impedimentos que hubo a su mano. Nieremberg no lo pasó bien, debatiéndose entre lo que Dios le pedía y su padre le mandaba. Dejó un testimonio autobiográfico estremecedor en una carta:

"Cuando me apretaba nuestro Señor que fuese religioso, era tanta mi congoja, que me salía a los campos de Salamanca a dar voces y gemidos; mas luego al punto que resolví ejecutar lo que Dios me inspiraba, fué increíble la paz y gozo de corazón con que quedé" ("Epistolario", Juan Eusebio Nieremberg, Espasa-Calpe, Colección Clásicos Castellanos, Madrid, 1957, pág. 183).
Sirva este testimonio para ilustrar, siquiera con una pincelada, el caso español.

Pero, volviendo a la propaganda revolucionaria, tendenciosa y emponzoñada, hemos de considerar que, a fin de cuentas, cualquier novelucha anticlerical ha podido más que la misma realidad histórica. Tómese nota y actúese en consecuencia.

viernes 25 de noviembre de 2011

LA ECONOMÍA DE LOS PORDIOSEROS

El escritor alemán Heinrich Böll


DE 11 ME QUEDO CON 4

Me fastidia que la palabra "pordiosero" tenga, en el uso de la lengua, una connotación peyorativa, cuando significa algo tan noble como es el reconocimiento de no querer nada si no es por-Dios (por el amor de Dios) ni pretender que se vale algo, si no es por el amor de Dios: por-Dios. Pordiosero es aquel mendigo que todo lo pide por Dios. Claro que los hay hipócritas y pícaros, pero nos consta que hay canallas que, en nombre de la democracia, nos joden y no se lo tenemos tan en cuenta como al desgraciado que nos pide limosna a la puerta de una iglesia.

En su "Diario irlandés", posterior a la segunda guerra mundial, el escritor alemán Heinrich Böll apunta lo mucho que le sorprendió el comportamiento de un mendigo que se encontró en Dublín. El pordiosero traía las mangas de su camisa huérfanas de brazos que, muy probablemente, habría perdido en algún campo de batalla. Böll le puso un pitillo en los labios y se lo encendió y le metió su limosna en uno de sus bolsillos.

Pasado el tiempo, cuando Böll está en el interior del templo ve que el mendigo entra. El pobre inválido hace señas a unos escolares que están allí y que, según Böll, parecen conocerlo. Uno de los chicos va al mendigo y mete su mano en el bolsillo de éste sacando cuatro monedas: dos de a un penique, una de seis peniques y otra pieza de tres.
"Una de las monedas de un penique y los tres peniques quedan en la mano del muchacho, el resto va a parar tintineando al cepillo".
Que el mendigo haya dado limosna al cepo de la iglesia es algo que hace decir a Heinrich Böll:

"...aquí confluyen los límites de la Matemática, la Psicología y las Ciencias Económicas, los límites de todas las Ciencias más o menos exactas superpuestos en las contracciones del rostro epiléptico del mendigo."
Por supuesto, creo que se trata de toda una lección de economía católica en tiempos de crisis.




NOTA: "Diario irlandés", prólogo, traducción y notas de Víctor Canicio, editorial Laia Literatura, Barcelona, 1979

jueves 24 de noviembre de 2011

CAERSE DEL CABALLO

La caída de Faetonte


EL ANTIQUÍSIMO SÍMBOLO DE LA CAÍDA DEL CABALLO

Cuando la reina María Cristina de Borbón entró en la corte se le ordenó al coronel D. Tomás de Zumalacárregui que, al frente de su regimiento, diera escolta a la recién llegada. Como si de un funesto presagio se tratara, Zumalacárregui sufrió ese mismo día una caída del caballo.

Pensemos en el profundo simbolismo que se oculta en la caída del caballo.

Desde los tiempos más remotos, el caballo de por sí contiene un profundo simbolismo que comparten los pueblos indoeuropeos: para los celtas era el animal psicopompos (que conducía a las almas de los difuntos -sobre todo, heroicos- al otro mundo), pero en el mundo helénico también cabe encontrar dos ilustres relatos míticos relativos a la caída, sino del caballo sí que de carruajes tirados por caballos.

Nos referimos al famoso mito de Faetonte, hijo de Helios (el sol) y Clímene. Faetón, desoyendo las recomendaciones de Helios, quiso conducir el carro del sol, perdió el dominio del carruaje y cayó en el río Po, donde los dioses lo convirtieron en cisne.

El otro relato nos lo procura Platón en su diálogo "Fedro" con el no menos famoso "mito del carro alado", donde el filósofo, después de establecer una correspondencia entre el alma y un carro tirado por dos caballos y conducido por un auriga, nos insta a gobernarnos por la parte racional (el auriga), pues si preponderara alguna de las dos partes inferiores (cualquiera de los dos caballos, símbolo de la concupiscencia y la irascibilidad) nos arrastraría a la caída.


Saulo caerá perseguidor de Cristo y se levantará como su Apóstol

Con el cristianismo se produce una de las más ruidosas caídas del caballo, la del fanático judío Saulo que, derribado en el camino de Damasco, queda ciego para recuperar la visión en la conversión a Cristo. Hechos de los Apóstoles: "Estando ya cerca de Damasco, de repente se vio rodeado de una luz del cielo; y cayendo a tierra, oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?"...".

En la literatura del siglo de oro el asunto de la caída del caballo prolifera. Algunos ejemplos:

En la primera jornada de "Peribáñez y el Comendador de Ocaña", de Lope de Vega, las bodas de Peribáñez con Casilda se verán ensombrecidas por el accidente que sufre el Comendador al caer de su caballo. Por la práctica imposibilidad de representar la escena en el teatro de aquel tiempo, nos lo cuenta con donosura el personaje Bartolo:

"El Comendador de Ocaña,
mueso señor generoso,

en un bayo que cubrían
moscas negras pecho y lomo,
mostrando por un bozal
de plata el rostro fogoso,

y lavando en blanca espuma
un tafetán verde y roxo,
passaba la calle acaso;
y viendo correr el toro
caló la gorra y sacó
de la capa el braço airoso.
Vibró la vara, y las piernas
puso al bayo, que era un corço;

y, al batir los acicates,
revolviendo el vulgo loco,
trabó la soga al caballo,

y cayó en medio de todos
."

La caída del caballo acarrea al Comendador ver por vez primera, en el día de las nupcias de la lugareña, a la bella Casilda. El Comendador se quedará prendado de la recién casada y hará todo lo que esté a su mano para lograrla, desafiando las normas morales y labrándose el aciago desenlace que de ahí se precipitará.

La primera escena de "La vida es sueño", también nos pone ante los ojos al personaje de Rosaura, disfrazada de hombre, recién caída del caballo y, por las referencias que brotan en el discurso de Rosaura, podemos afirmar que Calderón de la Barca sabía lo que estaba haciendo:

"Hipogrifo violento,
que corriste parejas con el viento,

¿dónde, rayo sin llama,
pájaro sin matiz, pez sin escama,
y bruto sin instinto

natural, al confuso laberinto
desas desnudas peñas
te desbocas, te arrastras y despeñas?
Quédate en este monte,
donde tengan sus brutos su Faetonte;

que yo, sin más camino
que el que me dan las leyes del destino,

ciega y desesperada
bajaré la cabeza enmarañada

deste monte eminente
que abrasa al sol el ceño de la frente".

Dice Rosaura.

Otras "caídas del caballo" podemos hallar en otras obras dramáticas, como en "La serrana de la Vera" de Luis Vélez de Guevara.

Podemos decir que existe una larguísima tradición que se remonta a remotas edades en que la caída del caballo fue interpretada como fatal presagio de desgracia. El caballo y el jinete forman una unidad, similar a la que el dualismo antropológico afirma haber entre cuerpo y alma. Contra la superstición que existía ante el suceso de caer del caballo, creemos que la caída del jinete vendría a simbolizar, más que una indefectible desgracia próxima, la ruptura de un proceso en la vida del personaje.

La enseñanza que nos transmiten los relatos sobre el carro de Faetonte y el Auriga platónico nos advierten del peligro que entraña cualquier desmesura contraria a la sensatez. En el ámbito cristiano, tanto las caídas de San Pablo, la del Comendador o la de Rosaura (permítasenos incluir a los personajes literarios en nuestra consideración), también la de Zumalacárregui, nos presentan un momento crucial de la vida de quienes caen. Ser derribados del caballo será como el punto de inflexión que marcará un antes y un después.

Después de caernos del caballo, puede que podamos volver a montarnos. Pero nada será ya lo mismo.