
BROMITAS CON MOBY DICK
Si hay algo que me guste más que el humor es el chicoleo. Que pase a mi lado una mujer -con todo lo que tiene que tener una mujer- y no le faltará el piropo, se pongan como se pongan esas que, de feas que son, no soportan que se le requiebre a las guapas. A mis amigos, a veces, les gasto bromas. Les digo: "Te voy a quitar el coche" o "Estas cervezas las pagas tú". Y, como me entienden a la primera, como saben que no me montaré en su coche sin su permiso y que haré lo posible por pagar mis consumiciones, mis amigos me ríen la gracia -si están de buen humor y, si no lo están, pues la broma pasa sin que la sangre llegue al río.
Otra cosa es si soy ministro y tengo las cámaras delante de mí, grabándome. Entonces, si le digo "¡Gibraltar, español!", pongamos por caso, a Charles Tannock... ¿qué pasaría? Pues que si soy yo, el eurodiputado británico me la monta parda y ya tenemos conflicto diplomático. Pero si el que se lo dice es José Manuel García-Margallo la cosa cambia un huevo. Tannock se hace el longui y los que están sentados en su casa se dicen: "¡Qué tío, qué grande!".
Pero, no nos entusiasmemos, que Gibraltar sigue siendo británica. Y es que las bromas son eso, bromas. Bromeando se puede ir a cazar ciervos con caña de pescar, que no pasa nada: el ciervo no te ensartará en su cornamenta, pero no cuentes tampoco con cazarlo. Bromeando se puede querer "cazar" a Moby Dick con una ratonera.
Nos podemos reír todos. El que hace la broma, el que la recibe y el que la ve. Pero, entonces, ¿por qué tanto revuelo con una broma? Con algo como Gibraltar no tendría que bromearse.
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