
John Millington Synge
EN EL TEATRO IRLANDÉS DE JOHN MILLINGTON SYNGE
ESTE ARTÍCULO DESVELA PARTE DE LA TRAMA DE ESTE DRAMA IRLANDÉS. QUEDA AVISADO QUIEN PUDIERA ESTAR INTERESADO EN LEERLO
"El galán de occidente", de John Millington Synge (1871-1909) no fue una obra de teatro bien recibida por el público. En su estreno (26 de enero de 1907) hubo graves disturbios en el Abbey Theatre de Dublín. Su trama y su lenguaje fueron considerados escandalosos y suscitó las iras del nacionalismo irlandés.
El galán protagonista es un fugitivo parricida -al menos, eso cree él y hace creer a los demás. Llega a un pueblo donde cuenta su historia y, asombrosamente, el resultado de contarla es dejar admirados a los hombres y seducidas a las mujeres.
Pero el padre no ha muerto. Y, malherido, el padre llega a ese pueblo buscando a su hijo. Cuando se descubre que el galán no lo ha matado, es entonces cuando todo el mundo le pierde el respeto al mozo fanfarrón. Al final, los forasteros -el padre y el hijo- se van de ese lugar, escarmentados de lo que es ir a corral ajeno.
El desarrollo del drama resulta un tanto inquietante. Uno no entiende que un criminal confeso pueda ser admirado, pero es admirado. Uno no entiende que alguien que ha confesado ser un criminal pueda enamorar a las mujeres, pero las mujeres quedan encandiladas con el mozo. Uno no entiende que en el pueblo nadie lo delate, sino que todos lo amparen (salvo uno tal vez, que tiene celos de él). Tampoco entiende uno que cuando se descubre que el padre está vivo, sea entonces cuando toda la gente le da la espalda al galán.
Sin embargo, J. M. Synge está tocando aquí la médula misma de eso que podemos llamar popularidad... Y también la doble cara de la violencia.
Lo dice Pegeen, uno de los personajes femeninos mejor labrados:
"Te diré que un forastero parece siempre maravilloso, con su hablar poderoso y extraño. Pero ha bastado una pelea en el corral de casa y ver con mis ojos lo que es un golpe de escarda para que haya aprendido la enorme diferencia que hay entre una historia de coraje y valentía y una acción sucia y horrible".Esto fue lo que tuvo que incomodar tanto a los nacionalistas irlandeses, que montaron la algarada en el teatro. Es fácil el hechizo que las historias de heroísmo y bravura ejercen sobre el pueblo. Pero cuando la sangre salpica y huelen las vísceras, cuando se ve el dolor y la tontería de la violencia, ya estamos hablando de otra cosa muy distinta.
La popularidad no resulta tampoco más sólida que la violencia. La popularidad es un triunfo que caduca, el aplauso de quienes -por no tener dos dedos de frente- hoy aplauden a César y mañana le escupen o lo apuñalan.
Ninguna ideología tolera que los artistas vayan por libre. Y, menos todavía, que los artistas pongan en tela de juicio uno de los instrumentos favoritos de toda ideología: la violencia.
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