miércoles 1 de febrero de 2012

FRICCIONES ENTRE LA SANTA SEDE Y LA ESPAÑA NACIONAL

Banderas españolas: rojigualdas y de Borgoña en la plaza de San Pedro del Vaticano

PESE A LO QUE AFIRMA LA PROPAGANDA QUE PERVIERTE LA HISTORIA, EL VATICANO -BAJO EL PONTIFICADO DE PÍO XI- NO MOSTRÓ POR LA CAUSA DEL ALZAMIENTO NACIONAL DE 1936 MUCHAS SIMPATÍAS. ESTA ANÉCDOTA HISTÓRICA LO CONFIRMA


A BANDERA IZADA, BANDERA ENHIESTA

La perversión histórica establecida por los indocumentados y los manipuladores ha afirmado, como si de un dogma se tratara, el apoyo incondicional de la Iglesia católica a la España que se levantó contra la II República. Es obvio que la Iglesia católica española -por sufrir la atroz persecución que padeció desde la proclamación de la II República- se adhirió en bloque al pueblo y al Ejército sublevado, con la excepción del sector nacionalista del clero vasco, pero en Roma estaba lejos de admitirse como cosa propia la causa nacional. Un clero romano muy determinado (el más complaciente con los ídolos de la época) era abiertamente proclive a la II República, soslayando las masacres de católicos que se perpetraban en zona roja. Y el mismo Papa, a la sazón Pío XI, era de un antiespañolismo recalcitrante.

Una vez que el cuerpo diplomático de España adquirió el color rojigualda en la embajada de Roma, capital de la Italia fascista, y en el Vaticano, reducto que el nacionalismo masonizante italiano del siglo XIX había dejado al catolicismo, se cuenta una anécdota que protagonizó el entonces flamante embajador español, el marqués de Magaz.

Cuando todavía todo estaba por decidirse en los campos de batalla de España, la delegación española en el Vaticano -ya en su totalidad era nacional: los diplomáticos republicanos se habían ido de Roma- quiso celebrar el día de la Raza (12 de octubre) y el embajador Magaz dispuso que en el balcón, donde también se podía ver el escudo pontificio, se enarbolara la bandera rojigualda, sustituyendo la tricolor de la II República.


Pío XI (1857 - 1939)

Ciertos prelados italianos afines a la II República, como monseñor Pizzardo, protestaron y con celeridad los órganos vaticanos competentes remitieron al marqués de Magaz un escrito en que le conminaban a retirar la bandera rojigualda.

Magaz, antiguo guardiamarina, envió respuesta al Vaticano en la que, alardeando de su prosapia marinera, no estaba habituado a arriar una bandera cuando la izaba y que Su Santidad y sus reverendas ilustrísimas harían muy bien en olvidarse de que el embajador de España retirara la bandera que flameaba en el balcón: la misma bandera por la que derramaban su sangre y ofrendaban sus vidas todos los españoles católicos que se habían levantado contra un gobierno tiránico, extranjerizante, masónico y soviético que se permitía exterminar en la retaguardia a obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Sin embargo, no sin sarcasmo, el embajador decíale al Pontífice y al Colegio Cardenalicio que entendía que, sin saber todavía quién vencería en aquella guerra que se dirimía en España, era normal que el clero se sintiera molesto por ver la bandera rojigualda al lado del escudo pontificio y que, así las cosas, lo que ofrecía el embajador español marqués de Magaz era que, quedándose la bandera, bien se podría quitar el escudo ponfiticio.

Su Santidad Pío XI leyó la respuesta de Magaz y, estallando en cólera, se descabalgó sus gafas y las arrojó con furia al suelo, donde las lentes se estrellaron haciéndose añicos y, mientras esto pasaba, exclamaba:

-Estos españoles son todos iguales: los azules y los rojos. ¡Una gente violenta e insoportable!
Y la bandera rojigualda siguió flameando en el balcón vaticano de la embajada de España, pues -como es archisabido- los españoles siempre hemos sido más papistas que el Papa, y como somos iguales, los rojos y los azules, pues a chulos no nos gana nadie. Ya lo dijo Su Santidad:

"ESTOS ESPAÑOLES SON TODOS IGUALES, LOS AZULES Y LOS ROJOS"